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14 octubre 2007

Retazos 07

Éste texto está relacionado con el Retazo 04, echadle un ojo si queréis entenderlo un poco.

"- Pilla- dijo David, ofreciéndole una jarra llena de cerveza. Víctor colgó la cazadora y bebió un trago, brindó con su amigo y volvió a beber. Se sentaron en los taburetes, con una diminuta mesa entre ambos y la espalda apoyada en la pared de piedra. No había mucha gente en el pequeño bar del casco antiguo, no más de diez o quince personas. La luz suave procedía de unas lámparas en el techo, en forma de caldero llameante. Era casi anaranjada, sutil y muy acorde con la música que sonaba en aquel momento, una pieza instrumental con apenas una guitarra y algo de percusión. Las paredes estaban pintadas a semejanza de una mazmorra, con rejas y piedras sobre la madera de contrachapado. En el techo había infinidad de hueveras a modo de aislante acústico, pero nadie se creía que funcionasen realmente.
- Mira, mira, mírale la cara a Borja- dijo David entre carcajadas, señalando con la cabeza a otro de sus amigos, que se inclinaba sobre el futbolín y tenía la mirada fijada en la bola negra llena de muescas.
- Ya verás, si va a acabar pasando por debajo- Víctor sonrió, bebió otro trago y siguió fumando. La conversación con David continuó por los mismos derroteros de casi siempre: trabajo, clases, música, colegas, tías… A Víctor no le gustaba pensar en ello como una rutina; no es que siempre hablasen de lo mismo, pero percibía una pauta. Tampoco le importaba, le resultaba agradable poder apagar la luz en su cerebro y hablar sin pensar demasiado.
Siguieron bebiendo, hablando y fumando hasta que encontraron el color del fondo de la jarra.
- ¿Otra?- sonrió Víctor.
- Es una pregunta retórica, ¿no?- replicó David mientras se ajustaba las gafas a la nariz. A Víctor se le vino a la cabeza la cantidad de veces que le había visto aquel gesto. La barra estaba casi vacía, exceptuando a los borrachos de siempre. Víctor saludó a un par de ellos, con los que había congeniado a lo largo de los meses. Pidió más cerveza y se paró, preguntó el resultado y se dirigió hacia David. Cuando estaba a un paso de sentarse levantó la cabeza para ver quién entraba por la puerta.
Hacía casi cuatro meses que no sabía nada de ella, pero su felina silueta de metro setenta seguía siendo inconfundible.
- Pasa la birra y siéntate, anda- gruñó David dándole una palmada en la espalda. Víctor se sentó sin apartar la mirada. Andrea acababa de entrar de la mano de un tío que no él no conocía en SU bar. Estaba totalmente en blanco, y aquella sensación le incomodaba como pocas.
- ¿Qué coño hace ella aquí?- preguntó David sin molestarse en bajar la voz. Por suerte ella estaba demasiado lejos y la música se había vuelto algo más rockera (“God save the queen”, pensó Víctor).
- Y yo qué sé. No sabía nada de ella desde que se piró de mi casa- murmuró Víctor, aun incapaz de apartar la mirada; Andrea se estaba quitando la bufanda. Intentó calcular cuántas veces había recorrido aquel cuello de piel clara, cuántas veces lo había besado.
- Por mí que le jodan, cosa que no dudo. ¿Te has fijado qué pintas de machote lleva ese?- a David se le escapó la risa. Víctor desvió la mirada hacia el que iba con ella, un tipo alto de media melena que tenía la camiseta de marca a punto de reventar sobre los músculos del cuello y los brazos-. ¿Ella sabía que te pasas siempre por aquí?
- No. Creo que ni siquiera le había hablado de este sitio.
- Bueno, es una putada de coincidencia, pero nah, pasa de todo. ¿Echamos un futbolín?- señaló a sus amigos, que acababan de terminar una partida.
- Qué va. Líate otro, venga- gruñó Víctor.
La había llamado tantas veces que no recordaba la cantidad exacta. En aquel momento, observándola, se preguntó si debía haber ido a su casa o a su trabajo en busca de algo que explicase aquel silencio repentino. Nunca se le había dado bien interpretar las indirectas.
El tipo se levantó y se acercó con pasos largos y una sonrisa de autoconfianza absoluta hasta la barra. Víctor lo siguió con la mirada, controlando la necesidad de levantarse y pegarle un puñetazo.
- No te rayes, joder- David le apretó el hombro.
- No me rayo. Me sorprende que esté con un tío así, pero me da igual- soltó Víctor sin pensar. Era fácil imaginarse a aquel tipo como un cabrón narcisista, obsesivo y violento, alejarlo de ella y fingir que no había pasado noches enteras esperando a que Andrea diese alguna señal de vida.
- Venga, pero si estabas que no cagabas. No sé tú, pero yo me acercaría a preguntarle cómo está- dijo David con voz suave. Cuando forzaba así la voz era difícil no hacer caso en sus consejos. Víctor no contestó.
Los pensamientos se atropellaban en su cabeza, un simple “Hola, ¿qué tal?” se convertía en un millón de posibilidades, desde una de sus preciosas sonrisas a una mirada fría y desagradable. Había tardado algo de tiempo en comprenderlo, pero al final se había dado cuenta de que Andrea le había dejado porque, para ella, él sólo suponía algo de sexo, café, tabaco, libros, cine y música. Le hubiera gustado escuchar por teléfono el típico “no estaba preparada, estoy en un momento de mi vida que…”, aunque sólo fuese para quedarse tranquilo. Y ahora la tenía a escasos diez metros, encendiendo un cigarrillo después de humedecerlo el filtro con los labios.
Mientras ella exhalaba el humo y miraba hacia la barra sus ojos se encontraron con los de Víctor. Él sabía lo imperturbable que Andrea podía llegar a ser, pero casi disfrutó con el gesto de sorpresa que le estremeció el rostro. Mantuvo, aun así, la mirada, hasta que al cabo de un segundo el tipo se sentó otra vez junto a ella, con una cerveza en cada mano. Víctor siguió observando; Andrea le miraba de reojo de vez en cuando, y la conocía lo bastante bien como para saber que aquella forma de gesticular y de fumar un cigarrillo tras otro sólo indicaba lo nerviosa que estaba.
- Caga pa’ ella…- canturreó David mientras mediaba la jarra de un trago-. No sé, yo no le haría ni caso. Te dejó tirado y ahora ni te saluda. No creo que le importes mucho a una persona que te trata así- simplificó David. Víctor pensaba en cómo explicarle lo que habían significado todas aquellas noches con Andrea, pero no encontraba una sola palabra para hacerlo.
- A quién coño le importa, ¿eh?- gruñó de nuevo. David cambió de tema con rapidez, las jarras se vaciaron un par de veces más y el cenicero acabó a rebosar de colillas. Los minutos fueron saltando de canción en canción, pero a Víctor no le abandonaba aquella desagradable sensación en el pecho, semejante a una punzada en el corazón.

Víctor se cerró la bragueta y se puso la cazadora, se despidió con la mano de la camarera y le tendió el mechero a David mientras salían por la puerta. Se fijó en que Andrea ya no estaba allí, en la mesa junto a la salida. Durante un momento lamentó no haberse acercado a saludarla. Pero en el fondo ya casi le daba igual.
- Qué frío, joder- protestó David en cuanto atravesó la puerta. Las madrugadas lluviosas de noviembre no le gustaban mucho.
- Quejica…- sonrió Víctor-. Te llamo mañana y miramos lo del cine, ¿eh? Y devuélveme el mechero, joder- su sonrisa se hizo más amplia.
- Venga, ya te veo- David metió las manos en los bolsillos y descendió por la calle con soportales y adoquines azul oscuro.
- Víctor…- susurró una voz. Él se pasó la mano por el pelo y suspiró, se dio la vuelta lentamente. Clavó la mirada en los ojos verdes de Andrea-. Hola- Víctor se preguntó por qué una sola palabra lo había dejado mudo-. ¿Qué es de tu vida?- ella trató de sonreír y sacudirse la tensión.
Víctor recordó la letra de una canción, “¿Qué es de tu vida?, me alegro de verte, solo como nunca, solo como siempre”."

20 marzo 2007

Retazos 06

Fresca, no la terminé ni hace diez minutos. Y con visos de convertirse en un cortometraje.

"Los cigarrillos se agotaban muy despacio, el humo formaba una ancha espiral sobre la cama, viciando el aire cálido. Sus cuerpos, bajo el edredón, estaban enredados, sudorosos, pegados el uno al otro. Respiraban con suavidad, ahogándose en cada calada y sin decirse nada.
- ¿Crees que existe el sexo sin amor? Follar por follar, vaya- preguntó ella, dejando la colilla arrugada en el cenicero de cristal.
- Sí. ¿Cómo llamas a esto, si no?- rió él, dejando que le pellizcase.
- Hablo en serio- una pequeña pausa en la música, muy baja, le dio dramatismo a sus palabras. Él carraspeó.
- Bueno…no sé. Supongo que sí.
- ¿Supones?
- Sí. Pero, ¿a qué viene esto? Yo prefería seguir con el pitillo y en silencio- sonrió.
- Ya, vale, pero es que me dijo Ana esta tarde…
- ¿Piensas en Ana después de que hagamos el amor? Creo que voy a preocuparme- se arriesgó a un nuevo pellizco.
- Joder, que estoy en serio. Es que su novio la dejó porque se había acostado con un tío hace un par de semanas, a lo tonto- ella le miró, mientras él fumaba y lo pensaba un momento.
- No creo que sea tan grave. Es decir, ¿qué es el sexo? Para mí, tiene dos enfoques. Puedes follar simplemente por follar; es placer físico, lo disfrutas y nada más, una hora o dos…
- Exageras un poco, ¿no?
- Es mi promedio, ¿vale?- sonrió-. Pero lo importante es que puedes tener sexo sin compromiso, sólo por el simple placer de tenerlo, de compartir un momento agradable con alguien, casi al azar.
Ella intentó hablar, pero él la acalló con un gesto y dejó caer la ceniza sobre la colilla anterior.
- Ibas a decir que es una postura muy machista, ¿a que sí?- ella asintió-. Para empezar, me parece un comentario fácil y estúpido. Joder, hoy en día una mujer es libre de acostarse con un tío y a la mañana siguiente no dejarle ni el olor en las sábanas, ¿vale? Y lo mismo un hombre. Al que diga lo contrario que le jodan- dio un par de caladas, largas-. Entonces, tenemos el segundo punto de vista. A mí no me parece lo mismo acostarte una noche con un desconocido que hacer el amor con tu novia, o tu novio. Para mí es un nivel de compromiso distinto, aunque básicamente es exactamente lo mismo. Quiero decir, si ligo con una tía en un bar y subo a casa con ella, no voy a fumar abrazado a ella cuando terminemos, ¿sabes lo que te digo? El sexo con alguien a quien amas, si quieres decirlo así, implica algo más que placer físico; cariño, o algo por el estilo- respiró profundamente, fumó otra vez-. Creo que me estoy liando. ¿A qué venía todo esto?
Ella acababa de quedarse dormida sobre su hombro."

Ya sabéis lo que toca.

06 febrero 2007

Retazos 05

"Hacía frío en la estación de autobuses. Víctor ahogó el cigarrillo contra el suelo de cemento con la punta de la bota y siguió marcando el compás de la música. Expulsó el humo lentamente mientras se frotaba las manos.
- C’mon, c’mon, c’mon and play me hard!- cantaba en voz baja. Una voz aséptica anunció una salida hacia Madrid en quince minutos, aunque se escuchaba muy bajo por encima de Crucified Barbara.
Miró por encima del hombro, bostezando. Había una docena de personas detrás suyo, esperando en una cola serpenteante, y otras tantas por delante. Bufó; todo indicaba que le iba a tocar compartir asiento con alguien que le miraría mal por llevar la música demasiado alta o intentaría contarle su vida y milagros en veinte minutos de trayecto. Encendió otro cigarro, soltando el humo por la nariz congelada. Gruñó un taco cuando vio un fluorescente que marcaba cuatro grados.
La chica que estaba delante suyo le miró de reojo, casi disimulando. Apenas pudo apreciar su perfil durante un segundo, ella enseguida siguió mirando hacia delante, con abundante cabello liso y negro cayendo hasta la mitad de la espalda. Se frotó los brazos por encima del anorak rojo oscuro. Víctor desvió casi sin querer la mirada hacia su culo (proporcionado, firme) y sus piernas (demasiado delgadas). Meneó la cabeza con una sonrisa y miró de nuevo el reloj de la estación, impaciente.

Al cabo de diez minutos observó decepcionado cómo medio centenar de personas (las contó, sólo por entretenerse) bajaba del autobús, conductor incluido. No tenía ganas de que los dedos se le pusiesen azules, pero todavía debían de quedar otros diez minutos de espera. Maldijo y cambió el peso de pierna. La chica que estaba delante suyo sacó las manos de los bolsillos y miró el reloj de su muñeca. Acto seguido echó a andar hacia la derecha y se perdió entre la multitud que confluía en la entrada al edificio bajo que había frente a los andenes.
Víctor bostezó otra vez y se arrepintió de no haber dormido una buena siesta por culpa de Ana. Pensó en lo poco que había servido tomar café con ella, al menos a nivel orgánico. Desvió la vista al suelo mientras se estiraba. Habría un par de metros de hormigón entre sus pies y los del siguiente anónimo que esperaba el autobús; la chica de las piernas delgadas aún no había vuelto. Víctor la buscó inútilmente con la mirada durante un momento y encendió, indiferente, otro cigarrillo. Una guitarra se desgarraba en acordes a través de los auriculares.
Mientras daba una calada, un anorak azul oscuro apareció entre la gente. La chica de las piernas delgadas se acercó a grandes pasos, con el pelo contoneándose al ritmo de sus caderas enfundadas en vaqueros oscuros.
- ¡Gracias!- cuando volvía a su sitio en la cola, delante de Víctor. A él la sonrisa le pilló casi por sorpresa, al igual que aquella voz aguda. Alzó la vista un segundo e inclinó la cabeza mientras murmuraba algo parecido a “No importa”. Ella le miró, todavía sonriendo, durante un segundo y se giró.
Tenía unos enormes ojos azul claro y una sonrisa de labios pequeños y rosados que se desvaneció tan rápido como había llegado. "

Ahora ejerced de Risto Mejide, nenes.

03 enero 2007

Retazos 04

"Andrea aferraba a su espalda con fuerza, intentando reprimir sus gemidos, mientras él abrazaba su cintura y enterraba la cabeza entre sus pechos. Se unieron durante la placentera eternidad de un segundo, y al cabo se apartaron lentamente el uno del otro. Quedaron tendidos, desnudos, sobre la cama, con el edredón enredado a los pies, sin decirse nada.
Víctor le tendió un cigarrillo a Andrea tras encenderlo con el suyo, y dejó que el frío de diciembre se colase por la ventana abierta. Víctor se giró, mirando fijamente el cuerpo de Andrea. Ella esbozó una sonrisa y le dio la espalda, dejó que se acercase y se tendiese a su lado, abrazándola.
- ¿Tienes frío?
- No- respondió Andrea, acurrucándose. Cerró los ojos, consciente de que Víctor la miraba con aquella cara de estúpido que ponía siempre. Él se limitó a acariciarle el pelo, desenredando con suavidad los mechones rojo oscuro que salpicaban la melena negra como ala de cuervo.
Se quedaron dormidos mientras los dos cigarrillos a medias se consumían en el cenicero.

Aún no había llegado el amanecer cuando Andrea abrió los ojos y comprobó que el brazo de Víctor estaba aún sobre su cintura. Sus labios alargados se torcieron en una sonrisa mientras pasaba la mano por su barba de varios días, deleitándose en su aspereza. Los ojos grises de Víctor se abrieron muy despacio, enrojecidos y turbios. Se sentó en el borde de la cama, desparramándose la melena castaña por la espalda.
Encendió otro cigarro con avidez, dando largas caladas, y al terminarlo se fue hacia la ducha sin dejar de admirar el cuerpo desnudo de Andrea. Ella misma se coló en la mampara de cristal con una sonrisa, besando a Víctor con presteza, abrazándose a él mientras el agua caliente caía sobre ambos.

Víctor salió del cuarto de baño con una pequeña toalla enrollada en torno a su cintura, con el pelo mojado sobre los hombros y vapor casi emanando de su piel. Empezó a secarse el pelo, apoyado en la pared, mientras Andrea buscaba su ropa interior por el suelo, dándole una hermosa perspectiva a Víctor del tatuaje que corría por la parte derecha de su espalda. Espero a que terminase de ajustar el cinturón de los vaqueros y se arreglase la camiseta.
- ¿Te vas?- le preguntó, casi nervioso.
- Sí.
- Creí que ibas a quedarte. Unos días- ella no respondió, le miró de reojo, suspiró exasperada y se dio media vuelta. Aún no había encontrado el sujetador.
- Mira…creo que es mejor que nos veamos siempre así- Víctor se encogió de hombros-. Sabes, yo no funciono en las relaciones estables. Prefiero…prefiero esto. Verte de vez en cuando, cenar y ver una película contigo, que hagamos el amor y nos duchemos juntos. Pero nada más- Víctor tardó varios segundos en contestar, concentrado en la mirada de los ojos verdes de Andrea, tan súbitamente serios, y el ligero temblor de su labio inferior. Sin embargo no esperó, y se dio media vuelta para seguir buscando su ropa.
Víctor tomó aire, y se acercó lentamente a ella, meditando lo que iba a hacer con cada paso, a punto de batirse en retirada. Sintió el escalofrío de Andrea cuando la tomó suavemente por las caderas, cerrando sus brazos alrededor de sus caderas con delicadeza.
- Dime que no me quieres. Que no quieres que te quieran. Dime que no quieres que me duerma a tu lado cada noche después de quedarnos agotados, que no pasemos horas abrazados bajo la ducha. Dime que no quieres que te despierte cada mañana con un beso. Si es cierto, dímelo- susurró junto a su oreja, lentamente y con voz profunda.
Andrea tembló un momento, y contuvo un sollozo mordiéndose los labios, mientras Víctor le acariciaba el cuello con los suyos.
Entonces ella se dio la vuelta con una lágrima despeñándose por sus mejillas dulces, y dejó que los labios de Víctor encerrasen los suyos durante apenas un segundo eterno. Acarició el rostro que pretendía bebérsela con la mirada, y salió descalza por la puerta con las zapatillas en una mano y su cazadora en la otra, enterrando aquella noche con cada paso."

Otro desvarío más. Me han dicho que el personaje femenino es invisible y que le falta personalidad. Pero a mi me gusta. Ahora la palabra la tenéis vosotros.

25 octubre 2006

Retazos 03

"Jorge removió el café con desgana, bostezó sin taparse la boca y se recostó sobre la incómoda silla de madera. Eran las siete de la mañana, y el ambiente de la cafetería ya estaba demasiado cargado para su gusto. Estaba abarrotada, como siempre. Jorge reconoció algunos rostros.
Llevaba dos meses desayunando en aquel lugar, a la misma hora cada día de la semana. La verdad, el sitio no le gustaba nada.
Ella atravesó la puerta acristalada a la hora de siempre, las siete y cinco. Le hizo un gesto al camarero, que asintió con familiaridad y le dirigió una sonrisa. Se sentó en su mesa, al fondo y mirando hacia la puerta. Cogió un periódico y lo abrió por la sección de economía. Jorge esbozó una sonrisa nerviosa, y se sentó con la espalda recta. Bebió un largo trago de café y apretó nervioso la correa de su maletín, tirado sobre la mesa de madera.
´
Hacía dos meses, Jorge había chocado sin querer contra una mujer que no pasaba del metro sesenta y cinco, delgada y de larga melena rubio oscuro. Se había disculpado sin pensarlo, pero antes de poder seguir con su camino, una sonrisa ligera le había atravesado de parte a parte. Se había girado para ver hacia dónde iba la dueña de aquella sonrisa embriagadora, que, mientras él se quedaba quieto en mitad de la calle, entraba en una cafetería.
Por alguna estúpida coincidencia, quizás un semáforo en rojo o el tiempo que había tardado en buscar los calcetines, Jorge había vuelto a cruzársela al cabo de unos días. Ella ni siquiera había reparado en él; era uno de tantos tipos con maletín y americana que iban al trabajo caminando. Jorge se había metido en el mismo café, y de aquello hacía ya dos meses.

Durante cincuenta y ocho días, Jorge no se había cansado de remover café hasta que se enfriaba, de ver cómo ella pasaba las páginas del periódico con delicadeza y cortaba en trozos diminutos su tostada. Y tampoco de dirigir miradas furtivas hacia sus ojos, sus labios, sus pechos, sus piernas... Incluso hacia los pequeños granos que le salían de vez en cuando en la barbilla. Pero, por algún motivo, no se había acercado nunca a ella. Cuando lo pensaba en frío, creía estar comportándose como un psicópata.
El camarero la llamaba Elisa.

A las siete y media, como todos los días, ella se levantó y dejó un billete de cinco junto al café, se despidió del camarero con un gesto, y salió a la calle. Jorge suspiró y se frotó las sienes con las manos, en parte para secarse el sudor. Dejó varias monedas sobre la mesa y se marchó a grandes zancadas. El aire de noviembre le golpeó en los pulmones mientras recorría la avenida con la mirada. La reconoció, incluso de espaldas.
Caminó lentamente, siempre una decena de metros tras de ella pero sin desviarle la mirada. Ella se detuvo en un paso de cebra. Había empezado a lloviznar, así que Jorge se subió el cuello del abrigo y cogió aire. Ella acababa de sacar un móvil e iba marcando un número. Alzó la mirada cuando un sonido anunció que el semáforo estaba en verde para los peatones, y dio varios pasos.
El chirrido de las ruedas de un coche al resbalar por el asfalto estremeció el aire.
- ¡Elisa!- gritó Jorge, demasiado tarde.
El frágil cuerpo de una mujer que se llamaba Elisa y desayunaba café con leche y una tostada muy hecha yacía junto a la acera como una muñeca rota. La sangre que manaba a borbotones de su cabeza se colaba por una alcantarilla, y las piernas estaban dobladas en un ángulo grotesco.

Jorge jamás pudo olvidar aquella mirada acusadora que le dirigían sus preciosos ojos verdes, muertos, y las débiles contracciones que estremecían sus labios mientras el aire se le escapaba de los pulmones.
Si no le hubiese estado mirando el culo, Jorge habría visto venir el coche."

En fin. Vosotros diréis.

11 octubre 2006

Retazos 02

Se me ha ido la pinza cosa fina.

"Carlos miró por la ventana. La luz de las farolas era de un amarillo viciado, y la lluvia martilleaba en el cristal. Le agravaba el dolor de cabeza, así que se tomó una pastilla y apagó el ordenador portátil que había sobre el pulcro escritorio.
Abandonó su oficina tarde, como todos los días. No estaba como para dejar de haces las horas extra. Sólo quedaba el vigilante nocturno, Alberto, que le despidió con una palmada en el hombro. Carlos levantó la mano, de espaldas, y salió a la calle.
Molesto, abrió el paraguas y echó a andar. La zona era muy tranquila, y no había nadie en la calle, excepto los eventuales vehículos que atravesaban la calle rectos como una flecha.

Pese al paraguas, cuando Carlos se detuvo estaba empapado, pero apenas sentía la humedad en su ropa. Ante él se erguía un edificio de apartamentos de diez plantas, todo hormigón y cristal. Había apenas media docena de ventanales por los que se escapase la luz, pero Carlos había fijado la vista en uno sólo. Sacó el teléfono móvil y marcó un número que se sabía de memoria.
- Estoy abajo- dijo antes de que nadie respondiese.
- ¿Qué? ¿Abajo dónde?
- En frente de tu casa- Carlos sintió una punzada en el corazón cuando vio una esbelta silueta tras el cristal.
- ¿Estás loco? Lárgate antes de que te vea Pedro- susurró la voz al otro lado del teléfono, aguda y nerviosa.
- Te echo de menos...
- Márchate o llamo a la policía- fueron las últimas palabras antes de que un descarnado "click" terminase con la llamada.

Carlos siguió caminando, esta vez sin rumbo. Sentía la cabeza vacía, ajena a todo, incluso a las gotas de agua que se colaban por un agujero en el paraguas y le mojaban el rostro.
- ¡Eh, colega!- dijo un hombre desastrado, poniéndose en frente de Carlos. Su abrigo marrón estaba mugriento y deshilachado. Le olía el aliento a podrido, los dientes estaban amarillentos y el rostro sucio-. ¿Tienes un par de eurillos? Que me' quedao sin na' pa' esta noche...
La sonrisa que le dirigió el mendigo fue la gota que colmó el vaso. Sin pensar, arrollado por la furia contenida y el instinto, Carlos le golpeó en la mandíbula, sintiendo el crujido de sus propios nudillos. Ni siquiera le dio tiempo a gritar, porque otro puñetazo se proyectó en su nariz, y otro en su estómago, vaciándole el aire de los pulmones. Aquel hombre delgado cayó al suelo, y durante un minuto aguantó una lluvia de patadas sobre su cuerpo.
Cuando Carlos recuperó la perspectiva, tenía el caro zapato negro manchado de sangre, y el rostro sonriente del mendigo se había convertido en una máscara rojiza y viscosa. Carlos dio media vuelta, con la cabeza dándole vueltas, y siguió caminando mientras la lluvia le limpiaba la sangre en el zapato
El paraguas seguía abierto junto al cadáver."

Comenten a su gusto, damas y caballeros.

02 octubre 2006

Retazos 01

Bien. Como en este blog no tengo demasiadas cosas que poner, y sé hace poco más que esto, voy a poner pequeños fragmentos de cositas en la línea de una serie de relatos que he escrito, "Conversaciones".
El género, creo, es costumbrista. Lo más probable es que no haya personajes fijos, así que serán simplemente pequeños fragmentos de nada concreto.
De todas formas, espero que os gusten, y que critiquéis todo lo criticable (sobre todo tú, Coto, que sé que espías por aquí ^^).

"Laura dejó escapar todo el aire de sus pulmones, y esperó a que se le aclarase la vista y el cosquilleo que le recorría el vientre y entre los muslos se desvaneciese lenta y dulcemente.
Entre las sombras, heridas apenas por una docena de velas distribuidas por la habitación, vislumbró el cuerpo de él, sentado sobre la cama mientras buscaba algo en sus pantalones.
- ¿Me vas a pagar?- rió ella al escuchar el tintineo de unas monedas.
- Ojalá hubiera sido tan bueno- gruñó él. Laura dejó pasar el comentario, y perdió la mirada en el techo.

Era el quinto tío de la semana, y había sido el más insulso. Una hora restregándose contra su cuerpo, y un soso orgasmo cuando él ya desfallecía. Ni siquiera había tenido una palabra, aunque fuese una guarrada. Se había limitado a gemir como una niña, con el flequillo teñido de rojo pegado a la frente.
A Laura ya se le había olvidado la conversación insustancial que habían tenido en la discoteca. Supuso que con la minifalda y el escote tampoco necesitaba decir mucho más.
- Me voy- dijo él, terminando de abrocharse la bragueta.

Laura no se digno a despedirse. Escuchó casi con placer el portazo, y miró el reloj. A las cinco de la mañana, el único sonido era el de su propia respiración.
Mientras se arrebujaba entre las sábanas, se sintió desoladoramente vacía. Ya no se acordaba del nombre del quinto tío de la semana."

Espero opiniones, señoras y señores lectores...