11 octubre 2006

Retazos 02

Se me ha ido la pinza cosa fina.

"Carlos miró por la ventana. La luz de las farolas era de un amarillo viciado, y la lluvia martilleaba en el cristal. Le agravaba el dolor de cabeza, así que se tomó una pastilla y apagó el ordenador portátil que había sobre el pulcro escritorio.
Abandonó su oficina tarde, como todos los días. No estaba como para dejar de haces las horas extra. Sólo quedaba el vigilante nocturno, Alberto, que le despidió con una palmada en el hombro. Carlos levantó la mano, de espaldas, y salió a la calle.
Molesto, abrió el paraguas y echó a andar. La zona era muy tranquila, y no había nadie en la calle, excepto los eventuales vehículos que atravesaban la calle rectos como una flecha.

Pese al paraguas, cuando Carlos se detuvo estaba empapado, pero apenas sentía la humedad en su ropa. Ante él se erguía un edificio de apartamentos de diez plantas, todo hormigón y cristal. Había apenas media docena de ventanales por los que se escapase la luz, pero Carlos había fijado la vista en uno sólo. Sacó el teléfono móvil y marcó un número que se sabía de memoria.
- Estoy abajo- dijo antes de que nadie respondiese.
- ¿Qué? ¿Abajo dónde?
- En frente de tu casa- Carlos sintió una punzada en el corazón cuando vio una esbelta silueta tras el cristal.
- ¿Estás loco? Lárgate antes de que te vea Pedro- susurró la voz al otro lado del teléfono, aguda y nerviosa.
- Te echo de menos...
- Márchate o llamo a la policía- fueron las últimas palabras antes de que un descarnado "click" terminase con la llamada.

Carlos siguió caminando, esta vez sin rumbo. Sentía la cabeza vacía, ajena a todo, incluso a las gotas de agua que se colaban por un agujero en el paraguas y le mojaban el rostro.
- ¡Eh, colega!- dijo un hombre desastrado, poniéndose en frente de Carlos. Su abrigo marrón estaba mugriento y deshilachado. Le olía el aliento a podrido, los dientes estaban amarillentos y el rostro sucio-. ¿Tienes un par de eurillos? Que me' quedao sin na' pa' esta noche...
La sonrisa que le dirigió el mendigo fue la gota que colmó el vaso. Sin pensar, arrollado por la furia contenida y el instinto, Carlos le golpeó en la mandíbula, sintiendo el crujido de sus propios nudillos. Ni siquiera le dio tiempo a gritar, porque otro puñetazo se proyectó en su nariz, y otro en su estómago, vaciándole el aire de los pulmones. Aquel hombre delgado cayó al suelo, y durante un minuto aguantó una lluvia de patadas sobre su cuerpo.
Cuando Carlos recuperó la perspectiva, tenía el caro zapato negro manchado de sangre, y el rostro sonriente del mendigo se había convertido en una máscara rojiza y viscosa. Carlos dio media vuelta, con la cabeza dándole vueltas, y siguió caminando mientras la lluvia le limpiaba la sangre en el zapato
El paraguas seguía abierto junto al cadáver."

Comenten a su gusto, damas y caballeros.

2 comentarios:

Niandra dijo...

Un prodigio de síntesis. Una historia redonda en muy pocas líneas. Admiro esa habilidad tuya para crear la atmósfera adecuada en cada cosa que escribes, potenciando el conflicto.
Me ha gustado, y mucho.
Esta crítica no tiene nada de despiadada, ¿eh?

Alfredo M. Pacheco dijo...

Pues sí, tienes razón:

Se te ha ido la pinza. ¿Has estado leyendo American Psycho?

Una historia cuanto menos curiosa. Y yo que acababa de leer "En el fondo", tan tranquilito y nostálgico... Pero está bien me ha gustado.

Saludos
Alfredo